Muchas veces pensamos en la fertilidad únicamente desde una perspectiva hormonal o médica. Pero el cuerpo, como sistema integrado, guarda otros secretos que también influyen. Desde la biomecánica, sabemos que ciertas restricciones físicas, tensiones miofasciales o bloqueos articulares pueden interferir en el proceso natural de concepción, incluso cuando todo parece “normal” en los estudios clínicos.
La consulta preconcepcional es el momento ideal para mirar más allá del ciclo menstrual y las analíticas. Es una oportunidad para explorar cómo está el cuerpo que va a gestar, cómo se mueve la pelvis, qué espacio tienen los órganos pélvicos, y qué historia guardan los tejidos.
Factores mecánicos como una pelvis rígida, tensiones en el útero o los ligamentos que lo suspenden, adherencias por cirugías previas, disfunciones viscerales o incluso malas posturas crónicas pueden generar un entorno menos favorable para la fecundación o la implantación. Aunque no siempre son visibles en ecografías o resonancias, sí se perciben al palpar, al explorar el movimiento, al escuchar el cuerpo con manos entrenadas.
La movilidad uterina es clave. El útero no está fijo: se balancea, se adapta, responde al diafragma, al colon, a los ilíacos. Un útero que no se mueve bien, por ejemplo, puede tener menor capacidad de irrigación o presentar desviaciones que dificulten la llegada del embrión al endometrio. Lo mismo ocurre con las trompas de Falopio: necesitan libertad para captar el óvulo, y eso solo es posible si los tejidos circundantes no están tensos o adheridos.
En la consulta preconcepcional también exploramos la postura, la respiración, el suelo pélvico y la armonía de las cadenas musculares. Porque concebir no es solo cuestión de óvulos y espermatozoides: es un acto corporal completo.
Como matrona y fisioterapeuta, defiendo una mirada integral de la fertilidad.
A veces, liberar una tensión pélvica, mejorar la movilidad del sacro o equilibrar el eje del útero puede ser el paso que faltaba.
Por eso, antes de buscar un embarazo, no solo preguntes “¿está todo bien?”.
Pregúntate también: “¿Cómo está mi cuerpo para recibir?”.
Y si sientes que hay algo que no termina de fluir, quizás la respuesta no esté solo en las hormonas… sino en las articulaciones, en las fascias, en ese cuerpo que también quiere ser escuchado.